Miércoles 29 de Julio del 2020

Translocalidad: desde el puerto a Villa Alemana

Paraguaplegico fue la primera banda estrictamente villalemanina que conocí, y lo hice a través de los Deyabú. Esto me lleva a pensar en la noción de translocalidad, vale decir, la idea de que escenas locales como las de Valparaíso y de Villa Alemana, que cuentan cada una con su propia historia e identidad, se erigen no sólo a partir de sí mismas, sino a partir de múltiples intercambios entre sí y con otras localidades.

Acabada mi primera banda adolescente Zapatilla Sónica (que sólo duró, en realidad, unos pocos meses), junto a Max (batería) intentamos armar infructuosamente una banda de rock-pop llamada Masticable, pero no llegamos a mucho más que un par de ensayos como dúo en la Spectrum (sala de ensayo y cibercafé atendido por el Lucho, un amable metalero, y su pareja, arriba del desaparecido bar La Facultad junto al Cine Hoyts –antes Metroval– en Valparaíso). En ese corto tiempo, sin embargo, logramos colarnos de improviso en alguna tocata en la textil de Viña del Mar y también ensayar en varias casas, entre ellas la de Pablo Grassi, en Villa Alemana. Recuerdo que fue un viernes por la tarde del año 2005, y en el lugar (la habitación misma de Pablo) ensayaba desde hace ya un tiempo Deyabú, banda que Jurel Sónico, a.k.a Claudio Manríquez (Lisérgico, Adelaida), había armado tras dejar nuestra primera agrupación. Además de Jurel y Pablo en la batería, Deyabú sumaba a Cristian Sepúlveda en el bajo, el Sepu (Sopa con Tierra y Conejo Esquizoide). Este último recuerda en una conversación reciente: “Un amigo que fue mi compañero de colegio, Morin, empezó a tocar con Jurel cuando recién habíamos terminado 4to medio. Creo que se contactaron a través de un aviso que el Claudio había puesto en la Black Box de Viña del Mar, en la Galería Carrusel de Av. Valparaíso, buscando baterista y bajista. A este último puesto llegó un loco que tocaba bacán, pero que era como medio viejo y mormón. Entonces conocí al Jurel y nos caímos bien al tiro, por lo que rápidamente le aserruché el piso al otro y terminé tocando bajo. Así fue también como conocí los escenarios “de verdad”, incluso a ti y a la leyenda de Zapatilla Sónica, que me contó el Jurel. De hecho, teníamos un tema llamado “Zapatillas” que creo era por la banda. Pero la cosa es que al tiempo dejamos ir a Morin y entró en la batería Pablo Grassi, un vecino mío con el que terminamos conociendo todo el mundo rockerito de Villa Alemana y Valpo (porque en esa época Viña no contaba; y, por otra parte, nunca le tomé mucho el rollo a lo que pasaba con las bandas de Quilpué). Recuerdo además en ese tiempo compartir harto con los Paraguaplegico, cuyo vocalista, el Rorro, era primo del Pablo y nos recibía siempre en su casa en el centro de Villa Alemana. Me acuerdo escuchar harto el Verdurería en ese entonces”

Así fue como, en efecto, conocí a Paraguaplegico, gracias al entusiasmo con que los Deyabú hablaban de ellos. Entonces contaban con sólo 2 discos: Sol del infierno (2001) y Verdurería (2005). No sé bien cuándo los vi por primera vez en vivo. El recuerdo más lejano al que logro acceder en mi memoria es del año 2007, cuando se presentaron en la Plaza del Descanso, en subida Cumming. Aunque, sin dudas, la fotografía más memorable que tengo de esta banda data del 2010 en el subterráneo del Bar La Cantera (cuyo dueño, Felipe Barriga, también era villalemanino) durante el ciclo “Coleto al Puerto”. Recuerdo bien aquella vez: desde que comenzaron con la primera canción el techo parecía que se iba a venir abajo en cualquier momento por la energía. Sobre la banda, Pato Paragua, su guitarrista, me cuenta: “Siempre se dice que la banda nació en 1999, pero la verdad yo diría que fue antes, quizás el 96 o el 97, que fueron los años en que yo salí del colegio y donde ya me juntaba con los chiquillos: el Rorro, el Marcelo y el Giovani, quienes juntos estudiaban en el mismo colegio, en el Nacional. Y en su colegio ellos tenían una banda que se llamaba Asilo de Ruido donde tocaban covers y algunos temas del Rorro. Y mira la curiosidad, pese a que éramos todos de Villa Alemana, nos conocimos en Quilpué, y ahí fue donde nos hicimos amigos. Yo estaba recién aprendiendo a tocar guitarra en ese entonces (por Nirvana en lo personal), porque desde chico quise tocar guitarra, pero nunca me regalaron una. Entonces a los 18 el vaso se rebalsó y me puse a trabajar hasta que me compré la guitarra. Y ahí me puse a tocar como loco, y a través de un proyecto que estaba formando con un amigo quilpueíno conocí a los chiquillos, porque los papás del Rorro tenían un restaurant en Quilpué, La cabaña, entonces nos juntábamos por ahí, en el centro, y nos unió el hecho de que, supuestamente, teníamos bandas. Hasta que un día, en un carrete en la casa del Giovani que vivía en Lo Hidalgo, donde termina Villa Alemana, quedamos de juntarnos a tocar, y al tiempo sucedió y se dio la onda al tiro. Fue amor musical a primera vista. Y desde ahí comenzamos a ensayar super seguido, porque todos teníamos mucho tiempo, y ensayábamos onda 2 o 3 veces a la semana, aunque no teníamos nada, o sea, yo tenía una guitarra eléctrica y un Crate de 15 Watts, el Rorro solo tenía una guitarra eléctrica, entonces nos movíamos para conseguirnos las cosas con gente de Villa Alemana y andábamos rateando lugar para ensayar, porque en ese tiempo no habían salas de ensayo en la ciudad. Entonces lo común era juntarse con otros amigos a ensayar en los patios de las casas. Y así se generaba la onda. En esos años nos rodeábamos más que nada con gente del interior: Quilpué, Villa Alemana, Limache y Quillota, porque Valpo y Viña para nosotros, en ese entonces, eran un mundo aparte. Y no sabíamos mucho tampoco de ninguna de las bandas del puerto, porque no había acceso a internet y ni siquiera existían las redes sociales aún. Hasta que conocimos al Denis Valdés, no me acuerdo cómo, pero por algún motivo llegamos a ensayar a su sala en Chorrillos. ¡Imagínate, de Villa Alemana a Chorrillos! Y a través del Denis, que también movía tocatas, empezamos a llegar al puerto: al Patria Vieja, al Jam Puerto, al Dique donde tocamos varias veces y era la patá. Tengo recuerdos bacanes del Dique, porque lo pasábamos la raja. Y bueno, volviendo a Villa Alemana, se hacían más tocatas en sedes, en la mítica La Caja de Fósforo, por ejemplo, que se llamaba así porque era muy chica y siempre se hacían tocatas bien punketas y de todo tipo. También en La Micro, que era un espacio donde siempre había música. Y las peñas, en general, que si bien uno las asocia a guitarras de palo, en el caso de Villa Alemana se mezclaban con el rock y cosas de todo tipo. El Café del Libro en Quilpué también. Y bueno, baruchos rancios donde se armaban ondas bacanes. Aunque, al final, lo más característico eran sin duda las tocatas en canchas, en lugares al aire libre, esa era como la onda acá en Villa Alemana y el interior. Y tocamos harto en esos años, a veces todos los fines de semana. Por supuesto, te hablo de tocatas que a veces eran paupérrimas en términos técnicos, por ejemplo sacando la voz por un amplificador de guitarra. Pero no estábamos ni ahí, porque el asunto era tocar”.

Paraguaplegico fue la primera banda estrictamente villalemanina que conocí, y lo hice a través de los Deyabú. Esto me lleva a pensar en la noción de translocalidad, vale decir, la idea de que escenas locales como las de Valparaíso y de Villa Alemana, que cuentan cada una con su propia historia e identidad (un ejemplo: la escena porteña suele suceder más bien en bares o espacios nocturnos asociados a su tradición bohemia, mientras que la villalemanina parece suceder más al aire libre, contando generalmente con pocos locales nocturnos al estilo porteño), tales escenas, digo, se erigen no sólo a partir de sí mismas, sino a partir de múltiples intercambios entre sí y con otras localidades. En este caso, ya sea a través de la conexión del metro (o antiguamente el tren), ya sea simplemente en micro. Por ejemplo, en una Dhino’s desde el puerto al interior (y viceversa). A propósito de esto, no son pocas las historias de cómo en una de estas micros, tras una noche de carrete en el puerto, alguien se ha dormido para despertar, a altas horas de la madrugada, en Peña Blanca o, incluso, en La Calera. Pero volviendo a lo musical, encontramos ya estos intercambios translocales en aquello que se cuenta en el primer capítulo de Mutancia, crónicas del rock villalemaniaco: cómo Los Sandors, banda porteña (u orquesta, como se decía) de los 60, terminó mudándose a Villa Alemana, absorbidos por la fuerza que esta localidad irradiaba musicalmente incluso desde aquella época. 

Me asalta de pronto otro recuerdo: es el año 2001 y asistía por primera vez a un concierto (y ya no a una tocata de colegio) en el viejo y terroso patio de la ex-Cárcel (hoy convertido en pasto, bajo el nombre de Parque Cultural de Valparaíso). Fue allí cuando tuve la oportunidad de ver a La Floripondio, que se presentaban esa tarde junto a El otro yo. En ese momento ya sabía algunas cosas de la banda (aunque personalmente asistía más bien para ver a los trasandinos) y además había oído su canción “Dime qué pasa”, bastante popular por entonces. Recuerdo que cuando abrieron aquel show de la ex-Cárcel, la gente enloqueció y comenzó a bailar, agitando y chocando sus cuerpos unos contra otros de una manera furiosa y gozosa (impensada hoy en un mundo pandémico). En esa ocasión sentí también por primera vez una cantidad masiva de olor a marihuana, cuyo humo veía entremezclarse en dirección al cielo junto al vapor de los cuerpos, al son de un ritmo frenético y tribal sobre el cual el Macha, incontenible sobre el escenario, escupía desde el micrófono: Si es necesario, matar al presidente /si es necesario, cortar la mano a los ladrones /volviendo al sueño perdido /volviendo al lugar de origen. Toda esta escena produjo en el preadolescente de 13 años que yo era una impresión tremenda. Me llenó de fascinación frente a todo ese mundo musical medio underground al cual lentamente parecía estar acercándome. De hecho, esta última es una imagen que vuelve incesantemente a mí. Además, en esos albores del 2000 recuerdo mirar con frecuencia la portada de su disco Dime qué pasa (2001) en la vidriera de la desaparecida Casa Amarilla, que se ubicaba en pleno Pedro Montt, cercana a Av. Francia, pues por ahí pasaba camino a casa después del colegio, desde el David Trumbull al Cerro Polanco. Pero definitivamente la vez más increíble en que tuve oportunidad de ver en vivo a La Floripondio fue en el 2010, en elFestival del Fin del Mundo” en Peña Blanca. En ese tiempo vivía en Barrio Puerto, y desde allí partimos en dirección al interior profundo.

Finalmente, termino este breve recorrido intercomunal por el pasado reciente haciéndome eco de las palabras de Gastón Cereceda (Heroína, Par Simón y Oso, The odio Kandinsky, etc.), otro joven villalemanino con quien curiosamente tuvimos la oportunidad de compartir allá por el año 2004 en una tocata dentro de una sede, ubicada en el centro de Quilpué. Una tocata frustrada para nosotros, pues con Zapatilla Sónica finalmente no tocamos y tampoco lo hizo su banda, Grito de Libertad (en la que también tocaba Vicente, vocalista de Zapatilla Sónica, y más tarde de Christian Rap, Letal y Kinoko, entre otras), aunque sí lo hizo Gente Naranja, que más tarde serían Yuppie Junkie Yankee. Sobre aquellos tiempos, Gastón rememora: “Con Grito de libertad aparecíamos en los afiches más que las veces en que verdad tocábamos, porque generalmente íbamos a la tocata, pero siempre pasaba algo y no tocábamos. Muchas veces porque éramos más chicos (el promedio era de 15 años) y los punkys mayores se acabronaban y tocaban primero y nos dejaban para el final; y al final siempre se cancelaba la tocata porque llegaban los pacos o por la constante amenaza de los nazis. Yo entré como parche al bajo el 2003 a la banda y me quedé hasta el verano del 2005. Los cabros venían tocando desde el 2001 y se habían presentado en varias tocatas libertarias (con bandas importantes del género hardcore de Sudamérica como Migra Violenta o Los dólares) y cuando me fui, lo hice siguiendo el sueño de hacer una banda tipo Nirvana, y junto a un compañero del colegio, el Lucho Bustos (que tocaba Metallica en la guitarra de memoria) empezamos Heroína, con él en el bajo, el Nacho (su vecino) en la batería y yo en guitarra y voz. En ese entonces cachaba a Ska Prensao, Los Chankakas, bandas punks de acá, en general. Recuerdo harto las tocatas en sedes y plazas y escuelas también. La volá nocturna la empecé a cachar cuando ya había salido del colegio. Aún así, acá no se caracteriza mucho por tener locales de tocatas. Para eso estaba el Taybeh en Quilpué (que después se llamó La Maestra y después fue un local de reggaeton y ahí murió). Acá en Villa Alemana los locales nocturnos duraban un rato, morían y aparecía otro similar donde se juntaban los mismos de siempre. El local más antiguo que recuerdo fue el Cocha Pub el 2004, que era una pizzería y de noche habían tocatas. Ahí tocó Paraguaplegico, Deyabú y un montón de bandas tributo, principalmente metaleros. Después el Cocha Pub muere y al tiempo aparece El habano, por el 2010. Y ahí tocaron todos los grupos habidos y por haber de acá. Los mismos de siempre, que no eran las bandas, sino la gente en sí, porque las bandas morían y renacían o se mezclaban entre sí. Pero la gente que asistía en realidad era siempre la misma. Incluso hasta hoy (o sea, hasta este verano, al menos), porque aunque se han renovado las generaciones, todavía están ahí los viejos que estuvieron en esa primera ola llamada “la mutancia” (que son de la generación de La Floripondio), que vienen desde los 80 hueviando. Por eso quizás el eslogan antiguo de Villa Alemana, ciudad de la eterna juventud, tiene tanto sentido, creo.”

Relacionados

Jueves 28 de Mayo del 2020

La importancia de creerse Kurt Cobain

Viernes 3 de Enero del 2020

Memoria musical